viernes, 17 de mayo de 2019

LOS INTENTOS LEVANTISCOS DE LA DERECHA


El neoliberalismo, en México, integró a sus filas durante 36 años a la derecha, a la ultraderecha, a los fascistas, a los neofascistas, y los ancianos cristeros que sobrevivían dispersos en iglesias y sacristías.

A todos ellos (menos a sus parientes pobres) el neoliberalismo rapaz los llenó de privilegios económicos y políticos; les dio prebendas inauditas a costa del patrimonio nacional y de los recursos públicos, de los que se apropiaron y saquearon con una voracidad sin límite.

La oligarquía se nutrió de empresarios, muchos de ellos advenedizos, de funcionarios públicos corruptos, de millonarios y multimillonarios que labraron sus fortunas desde las empresas privatizadas por los gobiernos neoliberales.

Llegamos, así, a la renovación del poder público federal, en 2018, con una economía más dependiente, resultado de políticas depredadoras de los neoliberales; con una desigualdad social extrema; con instituciones políticas inoperantes para el pueblo, y con graves problemas generados directamente por neoliberalismo, como la desorganización de la educación pública, pobreza, la extrema pobreza, la inseguridad pública, la violencia criminal, el abandono de los jóvenes, y un enorme desprestigio del país en materia de política internacional.

Contra eso y más fue que votaron los ciudadanos masivamente el 1º. de julio del año pasado. Y contra el neoliberalismo, en general, es que se ha gobernado en los primeros meses del actual gobierno.

La derecha y la ultraderecha, con todos sus matices, quedó azorada e inmovilizada, por el triunfo contundente de la corriente política progresista y democrática, y tardaron casi un año para darse cuenta que fueron desplazados del poder, y con ello deben acabarse las prebendas y los privilegios que tuvieron durante 36 años; que la impunidad, el saqueo, el robo descarado del patrimonio nacional y los recursos públicos, debe llegar a su fin.

Que, además, los que mal gobernaron durante más de tres décadas, tienen claras responsabilidades administrativas y penales, además de la responsabilidad política por todos los daños provocados al pueblo mexicano.

Después de casi un año ese sector reaccionario saca la cabeza y demanda volver al neoliberalismo criminal. Por el fondo, la forma y el contenido de sus pancartas en su pequeña movilización reciente (mejor conocida como “la marchita”) se vuelve a demostrar que la derecha y la ultraderecha siguen estando huérfanas de ideas y que, como ayer, tienen que vivir de prestado. Siempre fue así, siempre ha sido así, y siempre así será.

Para proferir insultos y ofender, no tienen límite, y así quedó demostrado en la marchita, pero al menos recurrieran a los que en esa materia les anteceden en nuestro país, por ejemplo que se nutrieran con la sarta de insultos que el asturiano Manuel Abad y Queipo utilizó contra el Padre de la Patria, cuyo edicto debieran tener como lectura de cabecera.

Y la base de sus demandas, en el caso de que en el futuro las hagan públicas, les vendrán del exterior: del FMI, de la OCDE (donde están bien representados); de los neoliberales que aún sobreviven en distintas latitudes del mundo y, probablemente, hasta de la CIA.

Los integrantes de la derecha, que siempre han padecido pobreza (o miseria ideológica) no tienen capacidad para debatir. El insulto es lo suyo.

A la derecha y a la ultraderecha, aquí y en todas partes, les gusta disfrazarse de demócratas, ponerse máscaras para ocultar lo que realmente buscan, que es la defensa intransigente de sus intereses de clase, que no pueden ocultar aunque se pongan huaraches. Y su cinismo es de tal grado que invocan los intereses del pueblo y de la nación, que ellos han atacado con saña en todo momento.

Es por eso que calificar a los que participaron en la marchita, como fifís, oculta su verdadera identidad.

La derecha y la ultraderecha, en su desfachatez, reclaman que el gobierno no divida, se declaran hermanas de la caridad, y “enemigos” de la lucha de clases, que ellos están avivando, sabiéndose franca minoría, como siempre lo han sido.

Con un resultado como el que se dio el 1º. de julio del 18, con una amplísima mayoría a favor de los cambios y transformaciones por la vía nacional y popular (es decir, antineoliberales) no es la mayoría, y el gobierno elegido por esa mayoría, la que divide.

Queda muy claro que quien divide es la minoría derechista y ultraderechista, porque quiere conservar, a toda costa, sus privilegios de clase. No les interesa, ni les importa la soberanía nacional, ni la vida y o la salud de la mayoría de los mexicanos. Al patrimonio de la nación lo ven con signo de pesos, porque eso ha sido para ellos. Y tampoco les interesa la seguridad y bienestar de del pueblo.

Cuando escribía estas notas, llegó una noticia en la que Financial Times (que bien sabemos qué intereses representa) en que acusa a López Obrador de “poner en peligro la economía y las instituciones de México”, como si esto en verdad le importara.

Pero en la misma nota se incorpora una amenaza velada (bueno, no tan velada), afirma que para que eso no ocurra, “sólo hay dos controles sobre el poder (que tiene AMLO): 1) las leyes internacionales incorporadas al T-MEC, y 2) los mercados financieros.

Aunque lo oculten, la derecha y los ultras fincan sus esperanzas en factores externos en su lucha contra el actual gobierno federal, tal como lo señala el Financial Times, porque aquí carecen del más mínimo apoyo. Su programa es antipopular, porque es clasista.

Por hoy, los derechistas y ultras, se están agarrando a un clavo ardiendo: el neoliberalismo, repudiado aquí y en todas partes, y que en territorio mexicano fue sepultado por un alud de votos populares, y con amplias posibilidades de que ese modelo económico no pueda ser exhumado.


miércoles, 1 de mayo de 2019

A 500 AÑOS DE LA INVASIÓN ESPAÑOLA


Nos encontramos escasamente a dos años de cumplirse 500 en que, se consumó, en México, una de las invasiones más infames de que tenga memoria la humanidad.

Ante este hecho, el presidente López Obrador envió sendas cartas al Rey de España y al Papa de Roma para que pidan perdón por las atrocidades, mejor dicho, las monstruosidades cometidas durante dicha invasión.

Esto generó cierta polémica, en la que hay que destacar la rabiosa reacción de los que comparten la visión de los invasores. Resulta inaudita la cantidad de ofensas, mentiras y despropósitos de esa corriente que volvió a dar la cara públicamente para manifestar su enojo y su molestia por una petición que, si de algo peca, es de modestia.

En estas líneas quiero hacer algunas reflexiones elementales sobre los 500 años de la invasión española:

1.- Frente a las dimensiones de esa invasión, es absurdo pedir prudencia o neutralidad histórica, para decirlo de alguna manera. O se tiene la visión de los invasores, o se tiene la visión de los vencidos.

Pero nadie en su sano juicio, que tenga una información elemental sobre lo que se consumó en 1521, en el territorio  central de México, puede justificar la brutalidad de los invasores españoles liderados por Hernán Cortés, contra la civilización azteca, que se encontraba en su esplendor y, a partir de ahí, contra las demás culturas localizadas en el territorio nacional.

2.- La República mexicana, que nació a la vida independiente con la Constitución de 1824, alberga una nación que, en sus raíces nativas y en el proceso de su formación, fue objeto de ese hecho brutal que los colonizadores denominaron conquista. Esa brutalidad se prolongó, como se entiende, durante los trescientos años de coloniaje, dominio y saqueo, sin par en el Continente Americano.

Además de saquear la riqueza material, en acciones inauditas, propias de mentes enfermizas y sin escrúpulos, los invasores destruyeron y ocultaron las formidables construcciones materiales de civilizaciones milenarias aquí asentadas; se propusieron destruir las costumbres, las creencias y la cultura en general de lo que encontraron aquí, con una saña inaudita.

El colonialismo, como el que sufrimos en lo que hoy es el territorio de México, devoró las comunidades nativas,  a las que primero inmovilizó y después destruyó para erigir, a sangre, fuego y cruz, sus instituciones. Lo que no se pudo destruir, se ocultó bajo tierra, hasta casi desaparecerlo, y así permanecería si no fuera por los esfuerzos que, como nación, hemos realizado los mexicanos, rescatando innumerables construcciones (y con ellas parte fundamental de la cultura nativa) que los españoles ocultaron criminalmente.

Los invasores españoles hicieron apología permanente del crimen y de la destrucción un arma para establecer, primero, y mantener, después, su dominio. Trescientos años de coloniaje, fueron tres siglos de avasallamiento, rapiña descarada y destrucción permanente. Habrá que decirlo una y otra vez.

Se tendrá que pensar como invasor criminal, estar ciego, ser necio, o cuando menos ser un insensato para negar lo que significó la invasión y el coloniaje a que dio lugar.

3.- La invasión española es parte de los cimientos de nuestra nacionalidad, al menos en la etapa moderna de México, y es un elemento que marcará nuestra historia para siempre.

En sentido estricto la “conquista” habría significado la absorción del conquistado, su asimilación por los europeos y la desaparición de todas las manifestaciones humanas alcanzado en estas tierras mexicanas, habitada por comunidades que no habían salido del marco de la comunidad primitiva, y lejos se encontraban del esclavismo.

Los llamados conquistadores, en todo caso, fueron conquistados por la civilización más desarrollada que encontraron: la civilización azteca y de otras culturas, cuyos territorios también, fueron invadiendo. Lo que escribieron quienes acompañaban a Cortés, y lo que escribieron después de consumada la invasión no dejaron de expresar su admiración (y asombro) por todo lo que alcanzaban a ver, aun cegados por la avaricia,  la codicia y el deseo enfermizo de imponer sus creencias religiosas.

Debe considerarse que sólo entre grupos humanos, con un grado de desarrollo no tan amplio, pudo darse la fusión que se dio,  que, a su vez, dio lugar al mestizaje y, en consecuencia, a la nación mexicana. En tanto que los grupos nativos que, cuando se consumó la invasión, eran nómadas, no se mezclaron con los españoles, sobrevivieron toda la colonia, y aún mantienen su identidad hasta nuestros días formando, con toda legitimidad y orgullo, parte de la nación mexicana.

En materia religiosa -y a pesar del predominio de la religión impuesta por el invasor y mantenida por una institución diabólica, como fue la Inquisición-  sobreviven, después de 500 años, aisladas o mezcladas con la religión católica, manifestaciones de creencias anteriores a la invasión.

Siguen siendo muy concurridos los centros ceremoniales prehispánicos, a lo largo y ancho del territorio nacional, pero sobre todo los que se localizan en la zona centro de México. Es fácil observar cómo se superponen las creencias de las culturas nativas con las impuestas por el invasor europeo.

Desde el punto de vista económico, específicamente por lo que se refiere a la tenencia de la tierra, al lado de la propiedad privada (institución traída por los españoles) sobrevivió durante mucho tiempo (y sobrevive a pesar del desarrollo capitalista prevaleciente) la tenencia comunal de la tierra y el uso común de extensiones considerables, que se laboran en conjunto o se utilizan como zonas de pastoreó.

4.- Y así como, hoy, el neoliberalismo criminaliza la lucha de clases, el colonialismo, en todas sus etapas, criminalizó cualquier intento de rechazarlo o de combatirlo. Siempre levantó las armas y la cruz, y masacró a la población nativa para difundir y defender la sacrosanta propiedad privada y la sacrosanta religión.

No hay duda que los españoles cometieron verdaderas aberraciones, excesos increíbles y masacres horrorosas contra la población nativa,  desde el momento mismo en que pisaron suelo mexicano. Consecutivamente, o mejor dicho, frecuentemente cometieron varios genocidios repudiables que, acertadamente, se han calificado como genocidios de lesa humanidad.

Es totalmente explicable que los invasores que se quedaron en territorio mexicano después de conseguida la independencia nacional, fueran vistos con recelo por la población mestiza dominante. Ese recelo y rencor histórico, hay que decirlo, aún existe.

“Gachupín”, término despectivo para referirse a los españoles, se sigue utilizando, todavía en nuestros días, para insultarlos y rechazarlos.

 Y si ese término fue cayendo en desuso, se debió a que los españoles fueron desapareciendo físicamente de manera natural y, sobre todo, por el enorme respeto y afecto con que los mexicanos recibieron y trataron a la generación de intelectuales españoles y a sus familias que huyeron de la dictadura franquista, la mayoría de los cuales ya no están entre nosotros.
5.- Hoy día, los que mantienen la visión de los vencedores, reconocen y aceptan que la única cultura y los únicos valores son los provenientes, ayer y hoy, de los españoles. Desprecian, abiertamente la cultura nativa, de la que los mexicanos nos sentimos legítimamente orgullosos.

6.- La inmensa mayoría de los mexicanos estamos conscientes que de nuestras dos raíces hay una diferencia temporal clara: nuestra raíz nativa tiene una existencia milenaria, la raíz española tiene una existencia centenaria.

La superposición de dos culturas, que se vive todavía en la vida cotidiana de los mexicanos, quizá se explique de muchas maneras, recurriendo a varias ciencias y disciplinas, pero nuestro pasado milenario y centenario está en la base de nuestro ser.

7.- Los mismos españoles, de ahora, no podrán negar que lo que son como país se debe a las incontables e incuantificables riquezas saqueadas, de nuestro territorio, durante 300 años.

Europa misma levanta su civilización sobre la sangre, las vidas y los escombros de los incontables genocidios cometidos a lo largo y ancho de inmensos territorios del mundo.

8.- A pesar de todo, hay que reconocer que a los españoles debemos tres aportaciones importantes: el idioma con el que hoy nos comunicamos los mexicanos, la novela El Quijote de la Mancha, y la generación de intelectuales antifranquistas que fueron recibidos, en nuestro país, en el gobierno del general Lázaro Cárdenas.

9.- España debe asumir la responsabilidad histórica que tiene por la invasión y el coloniaje que impuso en lo que ahora es México, por los asesinatos masivos que realizó desde que arribó Cortés a Veracruz y la aniquilación de millones de nativos; por la fuerza brutal que utilizó siempre contra las poblaciones nativas, por la destrucción material de construcciones que reflejaban la cultura de los nativos, por la utilización de la religión y sus símbolos como amenaza contra poblaciones que tenían sus propias creencias; por el saqueo permanente de las riquezas (que jamás podrán ser, ni cercanamente, cuantificadas) del territorio mexicano; por la utilización de la Inquisición (y aquí la iglesia tiene una enorme responsabilidad) a través de la cual castigó, con métodos horrendos, propios de dementes, a personas que tuvieron la desgracia de caer en sus criminales manos. La lista se podría alargar hasta el infinito.  

martes, 2 de abril de 2019

LA VÍA CONSTITUCIONAL PARA LA CUARTA TRANSFORMACIÓN



En México se abre una etapa en la que debe privilegiarse el debate teórico y político, para encontrar el camino que más convenga a los mexicanos, como pueblo y nación.

He planteado que con los resultados electorales de julio de 2018 y, el gobierno en ejercicio de López Obrador, se empieza a desmontar el neoliberalismo. Después de un poco más de tres meses de gobierno, sigo sosteniendo esa afirmación.

En el artículo anterior señalé que desmontar el neoliberalismo llevará tiempo, porque se encuentra presente en la economía, en la vida social, en varias instituciones que siguen operando, con tecnócratas que siguen incrustados en el gobierno actual, en la contrarreforma energética, la educativa, la fiscal y en una basta legislación neoliberal que se incorporó en todo el orden jurídico durante 36 años.

Otra cosa es que con el gobierno actual se abandone la política depredadora y corrupta de los neoliberales, pero desmontarlo se llevará tiempo.

Hay que precisar que el neoliberalismo es la clara expresión del capitalismo neocolonial, de fines del siglo XX y de lo que va del XXI. No es, no puede ser independiente del capitalismo. El neoliberalismo es el fruto del desarrollo capitalista. Es producto de la llamada globalización, que se manifiesta en el dominio mundial de las empresas transnacionales, en la libre circulación de los capitales, en la más cruda especulación financiera y en el terrorismo económico de los poderosos.

La corrupción es inherente al sistema capitalista de producción y, por lo tanto, forma parte de la naturaleza del neoliberalismo. La corrupción es la sangre que corre y que da vida al capitalismo explotador. El neoliberalismo es capitalismo en descomposición, es capitalismo putrefacto.

Por lo tanto será difícil desmontar el neoliberalismo, sin desmontar el capitalismo.

Si se habla en serio contra el modelo neoliberal, hay que remitirse a varias de las disposiciones de la Constitución nacional que, bien aplicadas, serían la base para darle un rumbo no neoliberal (no capitalista) al desarrollo de México.

 Estas normas constitucionales, que los neoliberales convirtieron en letra muerta durante los 36 años, que modificaron o que violaron abiertamente, entre otras, son  los artículos: 3º, 4º, 25, 26, 27, 28, 39, 40, 73, 89, 108, 115, 116, 123 y 130.

Y comento solo las siguientes:

En materia de educación hay que rescatar y aplicar el artículo 3º. Constitucional. En el contenido filosófico de esta norma está la base de la pedagogía mexicana que tanta falta hace, pues reformas van y reformas vienen, y todo se ha deteriorado por la copia de métodos y sistemas pedagógicos alejados del carácter del mexicano y de sus aspiraciones históricas.

Parar la privatización y desnacionalización de la educación; fortalecer la escuela pública, de abajo hacia arriba hasta el posgrado y la especialización. Colocar la educación privada como coadyuvante para alcanzar los objetivos de la educación nacional.

La educación es obligatoria,  gratuita, laica, científica, democrática, y nacional. Estos principios están en la base de la nueva pedagogía mexicana, sin exclusiones ni exclusivismos.

Parar la privatización de la seguridad social, de los servicios que integran la salud pública. Actualizar y modernizar todas las instalaciones y condiciones en que se atiende la salud de los mexicanos, y establecer la medicina preventiva como uno de sus pilares fundamentales.

 Es de la mayor urgencia establecer un sistema nacional de nutrición, que también esté en la base de la salud de nuestro pueblo.

La salud mental de los mexicanos y el fortalecimiento de su conciencia nacional pasa, necesariamente, por la nacionalización de los programas de radio y televisión, difundiendo programas de carácter cultural, científico y tecnológico. Y, desde luego, utilizar las redes sociales para el mismo propósito.

En materia económica, aplicar a plenitud el texto del párrafo cuarto del articulo 28 constitucional, que reserva al Estado las siguientes áreas estratégicas: correos, telégrafos, radiotelegrafía, minerales radiactivos y generación de energía nuclear, la planeación y el control del sistema eléctrico nacional (habrá que agregar, hoy, la producción de energía limpia, utilizando recursos renovables, como el viento y la luz solar), el servicio público de transmisión y distribución de energía eléctrica, la explotación y extracción del petróleo y de los demás hidrocarburos.

Modificar este párrafo para incluir la comunicación vía satélite y los ferrocarriles, que fueron colocados por los neoliberales dentro de las llamadas áreas prioritarias para facilitar su desnacionalización.

Conservar el contenido del artículo 28 constitucional y actualizar su texto, con una clara orientación antineoliberal, será una base sólida para garantizar que el desarrollo nacional transite por vía autónoma, soberana, independiente, sustento de la auténtica justicia social.

Expresamente, a nivel constitucional, debe prohibirse cualquier tipo de privatización o desnacionalización. El nacionalismo económico, por hoy, garantiza la meta de desmontar el neoliberalismo pero, además, no se opone a la diversificación de las relaciones económicas y comerciales con todos los pueblos del mundo. Debe ser la palanca principal para disminuir y cancelar definitivamente la dependencia que hoy agobia al país.

No a la dependencia económica ni al vasallaje cultural. Si a las relaciones con todos y a la convivencia armoniosa con el mundo entero.

Insisto: es urgente depurar a nuestra Carta Magna de todo contenido neoliberal, abrogando y derogando las disposiciones que tengan ese carácter. Esta sería una manera de borrar las instituciones neoliberales que existen por todas partes, cuyos titulares han asomado tímidamente la cabeza en estos primeros días del nuevo gobierno.

Por razones de justicia social debe derogarse la contrarreforma alemanista para dar toda la tierra susceptible de entregarse a los campesinos, porque con base en ella los neoliberales decretaron que ya no había tierra que repartir.

Establecer un sistema bancario nacional que vea por los intereses del desarrollo autónomo del país, y que no tenga en mente, como hoy lo tiene la banca extranjerizada, las altas ganancias, a costa del bajo crecimiento, el desempleo, la pobreza y la agudización de los problemas sociales.

Hay que acabar con la simulación democrática y el gobierno de la minoría que fue legitimado por las sucesivas reformas electorales, y regresar al mandato constitucional, pero en serio, que define a la democracia “no sólo como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.

Como se aprecia, el gobierno de la llamada Cuarta Transformación no necesita ir muy lejos para encontrar bases constitucionales de los cambios en los que está empeñado. Quienes ostentan actualmente el poder deben volver a nuestra Carta Magna, a su letra, a su espíritu, a sus mandatos.

Y agrego:

 Ya no puede quedar como letra muerta el texto del artículo 39 constitucional que mandata:

1)    La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo,

2)    Todo poder público dimana del pueblo y se instituye  para beneficio de éste,

3)    El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.

Estas  normas son tres principios de nuestra Constitución, que deben regirr la actividad y la conducta del nuevo gobierno, para superar el desastre que dejaron los neoliberales.

En las condiciones actuales el centralismo económico y político es un obstáculo para realizar y consolidar los cambios que urgen. Por tanto, el fortalecimiento del federalismo debe otorgar, a nivel constitucional, más facultades en materia social, económica y política a las entidades de la Federación y a sus municipios.

Es una condición necesaria para avanzar en un nuevo sistema, justo, de desarrollo. No todo debe ni puede hacerse desde el Centro.

Desde el ámbito municipal será posible promover la organización del pueblo, dotándolo de las herramientas democráticas a fin de que éste participe directamente en funciones de gobierno.

El gran actor de los cambios y las transformaciones en todos los órdenes de la vida nacional debe ser el pueblo.

La democracia representativa ha concluido su ciclo. Tanto el sistema presidencial o el parlamentario, han metido a la llamada democracia liberal en una camisa de fuerza que asfixia toda manifestación verdadera de democracia.

Desde hace mucho tiempo se vive en la ficción democrática.

Debe ser compromiso firme de la Cuarta Transformación establecer las bases para construir, en México, un régimen de la vida social por la vía no capitalista, a fin de construir un tipo de Estado nacional al servicio incondicional del pueblo y de la nación.

Si no se reforma la Constitución y las leyes secundarias, en el sentido propuesto, los cambios y transformaciones de que habla el gobierno no se realizarán, y los que se realicen estarán permanentemente amenazados.



sábado, 16 de marzo de 2019

LA OPOSICIÓN A LÓPEZ OBRADOR


Desmontar el neoliberalismo será una tarea de tiempo, porque no sólo hay que lidiar con el poder económico del interior del país que, por hoy, ocupa importantes espacios de la vida nacional, sino los grandes intereses trasnacionales y las instituciones financieras que los representan.

Una coyuntura favorable, a nivel internacional, con repercusiones nacionales, es que el neoliberalismo está en retirada, pero en las convulsiones de la muerte todavía puede ofrecer resistencia.

Precisamente la quiebra neoliberal (con todas las reservas que esta expresión tiene) a nivel mundial, y los resultados desastrosos que tuvo en nuestro país en seis sexenios, es lo que tiene a la derecha y ultraderecha del PRI y del PAN desorganizados, y con dificultad para integrarse como oposición frente al actual gobierno.

La quiebra del neoliberalismo ha dejado sin banderas a esos dos partidos que se unieron desde 1982. A partir de entonces, ambas organizaciones políticas caminaron de la mano, cohabitaron, o para decirlo como se dijo alguna ocasión en Argentina: mantuvieron estrechas relaciones carnales (relaciones perversas, dirían otros). Mochos los panistas y cínicos los priistas no aceptaban esa mención.

Del reclamo del cogobierno que el PAN le hizo al PRI en los primeros meses del sexenio a Miguel de la Madrid, a la algarabía panista, cuando creyeron que Peña Nieto había consumado la desnacionalización del petróleo y que la desaparición de PEMEX estaba a la vuelta de la esquina, ambos partidos vivieron en amasiato político intenso a plena luz del día.

Casi en el paroxismo, un panista ultra del Estado de México expresaba su veneración por Peña Nieto, al decir que éste, con la mal llamada reforma energética, había consumado el proyecto histórico del PAN.

PAN y PRI, y quienes se les unieron para garantizar la continuidad de la dictadura neoliberal, fueron arrasados en un proceso electoral que coloca a nuestro país –si el gobierno de López Obrador se mantiene consecuentemente en el terreno antineoliberal- en la antesala de cambios profundos.

Pero no todo depende del gobierno. Es urgente que el pueblo asuma la defensa decidida de los cambios positivos que se vayan dando. Y no puede quedar esa defensa exclusivamente en el terreno declarativo. Hay que pasar a la organización popular para su defensa, por pueblos, colonias, ejidos, barrios, manzanas, calles, escuelas, centros de trabajo, etc.

De esa organización popular depende que los cambios se den, y que esas transformaciones se consoliden a favor del pueblo y de la nación, y que realmente se conviertan en irreversibles.

Hay que tener presente que los neoliberales están al acecho, cuentan con poder económico, el respaldo de fuera. y una cantidad grande de medios de información (electrónicos y escritos), y comentaristas a sueldo, la mayoría de los cuales destilan rabia y odio contra las medidas que ha tomado en tres meses el actual gobierno, que sin ser tan profundas, mantienen las esperanzas de la enorme mayoría de los mexicanos de que las cosas cambien para bien.

Hasta hoy, la desmadejada oposición de los partidos neoliberales que mal gobernaron, durante 36 años, y el enorme desprestigio bien ganado por sus cuadros dirigentes, los tiene enfrentados al pueblo, y sin ningún grado de credibilidad. Lo mismo pasa con los que se reclaman pensadores y pontifican, a diestra y siniestra, sobre las supuestas bondades de la dictadura neoliberal de la que su ufanaron con verdadero cinismo.

En juntas conspirativas, los notables de hoy (neoliberales irredentos) repudian a sus representantes políticos de ayer. Todos o casi todos se dicen apartidistas, y no le encuentran la cuadratura al triangulo.

Su oposición es, valga la expresión, reactiva. Un no a todas las medidas del gobierno de López Obrador ha sido su máximo planteamiento: no al rescate de Pemex; no al rescate de la CFE; no a una política exterior independiente, con base en los mandatos constitucionales; no a la austeridad en el manejo del dinero público; no a la reducción de los sueldos estratosféricos de los funcionarios públicos; no al combate a la corrupción; no a la cancelación del aeropuerto del Lago de Texcoco; no al aeropuerto de Santa Lucía; no al tren Maya; no a la lucha contra el robo de hidrocarburos; no al control público en la compra de medicamentos;  no al aumento salarial; no al fortalecimiento de la política social (porque es populismo puro, dicen); no a la lucha contra la corrupción en todos los ámbitos de la vida pública; no a la extinción del dominio por dinero mal habido; no a la Guardia Nacional; no a los representantes del gobierno federal en las entidades federativas (que antes estaba constituida por un ejército de burócratas); no a la revocación del mandato (planteada desde 1948 por Vicente Lombardo Toledano); no a la supresión del fuero;   no a la reducción del dinero público a los partidos; no a la inversión pública en infraestructura; no al rescate de la seguridad social; no a la reforma laboral que reponga los derechos conculcados a los trabajadores; no a las conferencias diarias del presidente; no al contacto de los gobernantes con la gente del pueblo; no al rescate de los jóvenes mediante capacitación y becas, y muchos más nos.

Y sobre todo no al cambio del modelo neoliberal depredador y corrupto.

 Insisto: todos los críticos del actual gobierno federal parten de posiciones neoliberales, no desde posiciones democráticas o progresistas. Se agarran a un clavo ardiendo a sabiendas de que el modelo neoliberal ha sido la causa de los graves problemas que padecemos como pueblo y como nación, y que ese modelo económico fue barrido en la elección federal del año pasado, y que ahora debe ser desmontado para construir un México justo, prospero, independiente y soberano.

Los conservadores del siglo pasado, traidores y todo, tenían lo suyo. Los de hoy son una caricatura (mejor dicho, una mala caricatura) de aquellos.
La esperanza de los neoliberales, desplazados del poder y de la lucha ideológica (porque el neoliberalismo está agotado en todo, con un programa que no tiene ni para donde ir) es que los capitales extranjeros estrangulen la economía mexicana, y que las calificadoras (de origen y propósitos neoliberales) descalifiquen permanentemente las medidas de corte popular del gobierno federal.

No se descarta, que siguiendo los pasos del traidor y antipatriota Guaidó que, hoy por hoy es su ejemplo a seguir, esos neoliberales trasnochados, reclamen la intervención de alguna potencia extranjera en las cuestiones internas de México, y que Fox, su esposa, el cristero Calderón, Riquín o el insufrible Jorge Castañeda, se proclamen, desde la tierra de Las Poquinchis, presidente en turno. ¡Si tienen extraviado el rumbo, que no pierdan la razón¡

Ya en serio, y concluyo: Si el PRI tiene tiempo y espacio de reestructurarse, tendría que regresar a sus orígenes, y esos orígenes están en el nacionalismo revolucionario que abandonó en 1982. Su cercanía ideológica y programática sería con el movimiento dominante de López Obrador. Si mantiene la orientación neoliberal que abrazó durante los últimos 36 años, no se levanta ni con maquinaria pesada. Habrá cavado su tumba y acelerado su desaparición.

Si el PAN sigue con sus posiciones reaccionarias que le dieron origen, al combatir todo lo positivo de la Revolución Mexicana, no llega con vida al fin de este sexenio, que es lo más seguro. Si se coloca en una posición de centro-derecha, le espera lo mismo. Y si, en su desesperación, se corre hacia posiciones avanzadas, su desaparición está asegurada.

A los partidos responsables del desastre económico, social y político que vive el país, la realidad los ha puesto ante la posibilidad de desaparecer. No tienen porvenir.





viernes, 1 de marzo de 2019

CASTIGAR LOS CRÍMENES DE LOS NEOLIBERALES



El resultado de las elecciones federales, el primero de julio de 2018 y que todo mundo conoce, debe ser el inicio  de un cambio profundo en la vida económica, social y política de México en lo inmediato.

En sentido literal y real, los gobiernos neoliberales, de 1982 a 2018 destruyeron al país, por el afán insaciable de acumular riquezas. Muchos de los funcionarios neoliberales provenientes de la clase media, o clase media alta, se pusieron al servicio de la oligarquía, y al concluir sus periodos de gobierno pasaron a formar parte de ella.

Fue ahí, en la fusión del poder económico y el poder político, que surgió y se fortaleció la llamada mafia, término que, visto hoy en su dimensión real, queda corto para describir al verdadero crimen organizado desde las máximas esferas del poder público.

Durante tres meses -del primero de diciembre de 2018 a la fecha en que se publica este artículo- el pueblo mexicano ha recibido un curso intensivo que le ha permitido conocer la capacidad de los criminales neoliberales (como los he calificado en varias de las publicaciones que aparecen en este blog, desde hace años) para destruir al país.

Hoy, todas las mañanas el pueblo mexicano se entera de las atrocidades cometidas, durante seis sexenios, por el cártel que tenía, en realidad, su centro de operaciones en Los Pinos.

Los integrantes de ese cártel tienen nombres y apellidos, y en su tiempo fueron personalidades en el PRI y en el PAN, asociados a empresarios. Hoy frente a los mexicanos han quedado como lo que son realmente: verdaderos delincuentes.

Frente al desastre que provocaron, en todos los ámbitos de la vida económica, política y social de México, López Obrador ha tomado las medidas mínimas para restablecer, a corto y mediano plazo, un gobierno que opere para atender a los mexicanos, y no al uno por ciento de la población que se hinchó de riquezas en tres décadas y media.

Esas medidas, que son del conocimiento de la inmensa mayoría del pueblo, y por lo cual 4 de cada 5 mexicanos respaldan al gobierno de López Obrador, eran y son urgentes.

Faltan muchas más para rescatar al país del cochinero que dejaron los neoliberales.

Pero las cosas no pueden dejarse o quedarse así como así, o para utilizar la conocida expresión popular: como la fresca mañana. No.

Son muchos los  agravios contra nuestro pueblo, son muchos los delitos cometidos contra los mexicanos, contra nuestra nación, para que todo se quede como si nada hubiera pasado.

No fueron agravios contra el Presidente actual o contra miembros de su gabinete; lo fueron contra todo un pueblo, contra toda la nación. Y no se trata de que López Obrador quiera paz y amor, o de que su fuerte no sea la venganza,

Se trata de castigar la felonía, en su más amplia expresión; mejor dicho, se trata de castigar los innumerables delitos cometidos, por esas personas inescrupulosas, contra los mexicanos, delitos que a estas alturas permanecen impunes.

Hoy los mexicanos sabemos que en todo ese proceso de robo y saqueo, se destacaron funcionarios provenientes de universidades privadas; pero, en el último sexenio, sobre todo el ITAM se reveló como una cueva de ladrones, por la cantidad y “calidad” de sus egresados que fueron incorporados al servicio público; y quien dude de esta afirmación que vea el currículo de quienes están metidos -desde los pies hasta la cabeza- en casos de corrupción y negocios turbios con los bienes de la nación.

Bueno, hasta del nefasto francés José Córdova Montoya se apoderó el espíritu del incauto de Maximiliano, que vio a México como territorio de conquista. Con una diferencia: monsieur Córdova no terminará sus días en el Cerro de la Campanas, pero si puede   concluirlos en una cárcel mexicana.

Se han dado a conocer los delitos cometidos contra Pemex, contra la CFE, en el Naim, en las estancias infantiles, en Conacyt, en los sobrecostos de muchas obras públicas.

Todos los días se dan a conocer nombres de corruptos que, en una actitud verdaderamente cínica, niegan lo que resulta evidente. Y todavía faltan por conocer muchas más atrocidades y más delitos de ese grupo de facinerosos, antipatriotas.

Y no solamente personas, sino organismos enteros, como las denominadas reguladoras, que fueron concebidas y creadas por los neoliberales para quebrar a empresas o instituciones públicas, y hacer jugosos negocios desde esas posiciones públicas.

El caso más conocido es el de la reguladora de energía, cuyo titular, egresado del ITAM, ha sido señalado como una persona que tiene conflicto de interés, como muchos más.

A su vez, pero en una dimensión mundial, las mal llamadas calificadoras, son representantes de los intereses económicos globales y, por tanto, neoliberales, pues todo lo miden en función de los intereses económicos de la dictadura neoliberal.

Por eso he mencionado que es urgente aplicar una serie de medidas, para hacer frente al desastre que dejaron los neoliberales en México.

Desmontar el neoliberalismo, donde quiera que se encuentre, es una condición necesaria para rescatar nuestro carácter de país soberano e independiente. Y condición esencial para impulsar el bienestar del pueblo mexicano.

Queda claro que desmontar el neoliberalismo y castigar las fechorías de los neoliberales, son dos exigencias que se expresaron de manera firme y clara en México al elegir al actual gobierno.

Como lo fueron también, establecer la soberanía energética, la autosuficiencia alimentaria, la soberanía tecnológica, el impulso a la investigación científica, la diversificación de las relaciones económicas, el ejercicio de una política exterior independiente, con base sólida en nuestra Carta Magna; una legislación moderna que abrogue y derogue las disposiciones neoliberales incorporadas en 36 años a nuestro régimen jurídico; la expedición de leyes que aseguren la cobertura universal de la seguridad social y la educación; que fortalezcan los derechos individuales y sociales que la Constitución otorga a los mexicanos, etc.

Está bastante claro que el neoliberalismo está agotado, programática y políticamente.

 Ideológicamente, si así se puede decir, está desarmado y en estado de inanición. Sus resultados y consecuencias, hoy lo tienen en el banquillo de los acusados casi en todo el orbe.

  

domingo, 3 de febrero de 2019

Las privatizaciones, auténtico huachicoleo neoliberal en México



 Elevar a rango constitucional la no privatización en México

El término huachicol  ha tomado carta de naturalidad en el lenguaje de los mexicanos, sobre todo a fines del año pasado y principios de este, a raíz del combate que el gobierno ha emprendido contra el robo de los hidrocarburos.

Hoy, huchicol, es sinónimo de delito, de robo, de saqueo, que involucra a funcionarios, servidores públicos del más alto rango, a organizaciones criminales, y a gente manipulada por los verdaderos delincuentes.

Bien, por lo que se refiere específicamente al tema de las privatizaciones, hay que decir que durante lo que va del actual gobierno federal, presidido por Andrés Manuel López Obrador, no se ha abordado con profundidad. Si se le ha mencionado, ha sido sólo de manera marginal.

Pero si se examinan los 36 años de neoliberalismo -de Miguel de la Madrid a Peña Nieto- la nación mexicana sufrió un saqueo brutal de su patrimonio desde el mismo poder público, presidido por personas a las que les lavaron el cerebro en universidades extranjeras, por un empresario cocacolero,  un cristero fracasado o un egresado de una escuela particular, para beneficiar intereses privados.

Durante ese periodo fueron excluidos del ejercicio del poder los egresados de la Universidad Pública, particularmente los cuadros profesionales formados en la Universidad Nacional Autónoma de México, preparados con un sentido ético elevado de servicio al pueblo y a la nación.

Quienes asaltaron el poder, a partir de 1982, como lo he señalado en otros artículos aparecidos en este blog, no se encontraron con un  país destruido, ni con un Estado obeso (cantaleta chocante de los neoliberales, repetida como disco rayado por años y años).

 El establecimiento del modelo neoliberal en México (como en todos los países con un desarrollo similar al nuestro) fue por estrictas razones de sumisión ideológica y política a los dictados de los gobiernos extranjeros, sus instituciones financieras y las grandes empresas transnacionales.

Milton Friedam, desde el punto de vista ideológico, es el padre y la madre de ese breve grupo de desnacionalizados y apátridas que, hoy agazapados, resisten y conspiran contra el actual gobierno. Estos desnacionalizados no llegaron ni siquiera a formar parte de los Chicago Boys; siempre fueron simples peones de aquellos, con la ingrata misión de desbaratar las economías de los países en desarrollo como el nuestro, quebrar su soberanía, y propiciar la concentración de la riqueza, en un pequeño grupo, de manera escandalosa.

Los resultados de esa política neoliberal criminal fueron advertidos a tiempo por cientos de mexicanos, particularmente por estudiosos de la economía mexicana, y por quienes, de una o de otra manera formamos parte del sector democrático y revolucionario de México.

Las privatizaciones fueron un robo, abierto y descarado del patrimonio de los mexicanos, un despojo a la nación en volúmenes mayores al del robo de hidrocarburos. No puede, no debe quedar impune tal grado de felonía de quienes, de manera cínica propiciaron y disfrutan de una riqueza mal habida, a costa del patrimonio nacional.

Los resultados de la demagógica expresión de los neoliberales de reclamarse la generación del cambio y de que su modelo económico lograría la modernización del país, ahí están: hoy la economía mexicana está desarticulada y más dependiente que en todo el periodo en que prevalecieron los principios de la Revolución Mexicana; es México, hoy, una de las naciones con mayor desigualdad social.

Esos resultados desastrosos (el cochinero del que certeramente habla López Obrador) no fueron producto de errores, sino de la aplicación del manual del neoliberalismo, como si fueran autómatas.

Las grandes fortunas que se lograron en México al amparo del neoliberalismo, no se explican sin las privatizaciones. Un solo ejemplo: a Carlos Slim –que ahora cómodamente navega de muertito, como haciéndose el olvidadizo- le entregaron, casi como un regalo, lo que era Teléfonos del México. Su fortuna no se explica sin ese hecho. Y así, si se examinan  las fortunas de los multimillonarios que surgieron en el periodo neoliberal.

El gobierno de López Obrador, con el amplio poder popular que lo respalda, debe investigar, a fondo, todo ese proceso, hacerlo del conocimiento del pueblo mexicano y fincar las responsabilidades, de todo tipo que correspondan, pero sobre todo recuperar las riquezas que  robaron a los mexicanos de 1982 a 2018.

En otros países, según lo señala Naomi Klein, en su famosa obra La doctrina del Shok, muchos neoliberales privatizadores y empresarios beneficiarios de esas privatizaciones, están siendo investigados por corrupción, y otros más, verdaderos peces gordos, están en la cárcel.

La lucha contra la corrupción que ha enarbolado el actual gobierno debe acabar con la impunidad que marcan todo ese proceso de robo y saqueo del patrimonio nacional.

Y la consecuencia legislativa, que debe acompañar  la investigación y exigencia de responsabilidades, es la de elevar a rango constitucional la no privatización del suelo y subsuelo, de las empresas publicas y sociales, de la seguridad social, de la educación, y de toda riqueza del pueblo mexicano.

El mejor homenaje que el actual gobierno debe hacer a la Constitución nacional, en su 102 Aniversario, es el establecimiento de la no privatización de los bienes y servicios públicos, como se señala en el párrafo anterior.